La música gratis no existe
Hay algo sospechoso y que puede confundir en la frase que escuché recientemente en redes:
“Esta canción es gratis para ti…”
Y NO. La realidad es que NO lo es.
Abrimos Spotify, Apple Music, YouTube, TikTok, Instagram o cualquier otra plataforma, buscamos una canción y la escuchamos. La compartimos con una selfie, la usamos de fondo para un reel o dejamos que suene mientras vamos embutidos en TransMilenio intentando llegar vivos a alguna parte porque desafortunadamente algunos "administradores" neoliberales decidieron a finales del siglo XX condenar a Bogotá a semejante estafa de "sistema de transporte"...
No sacamos la billetera ni tampoco las monedas.
No firmamos nada.
No nos llega una factura.
"¡Gratis!"
Claramente suena seductor.
Excepto que no.
La música no se volvió "gratuita". Simplemente cambió la forma de participar en la economía.
¿Y alguien siempre paga?
Aparte del fan/oyente/usuario con su tiempo y su dinero, también lo hace el compositor con ideas y horas de trabajo.
El productor, con equipos, software, estudios, electricidad y dolores de espalda que, hasta donde sé, ninguna sociedad de gestión reconoce como derecho conexo... (Todo bien, chiste malo, lo sé).
Y en resumen, transversalmente el músico independiente, que muchas veces es compositor, músico, productor, manager, diseñador y community manager al mismo tiempo, pagando además con dinero y tiempo de vida.
Después aparecen las plataformas mediante las agregadoras y dicen:
“Tranquilos. Nosotros nos encargamos.”
Y técnicamente sí, porque para estar en esas plataformas, si o sí, toca pasar por una agregadora para "poder estar" en el ecosistema digital.
Pero tampoco trabajan gratis.
Según el Reporte Global de la Música de la IFPI, en 2025, el streaming representó el 69,6 % de los ingresos globales de la música grabada y superó los 22.000 millones de dólares. La música digital no acabó con el negocio musical. Se convirtió en el nuevo modelo de negocio musical.
Una vez dentro de las plataformas, como usuarios ya no pagamos necesariamente por canción. Pagamos una suscripción, lidiamos con publicidad o utilizamos una versión gratuita mientras alguien intenta convencernos de que pasemos a la versión paga.
Y si no pagamos con dinero, pagamos con algo que para las plataformas vale muchísimo: Nuestra atención.
Escuchamos otra canción.
Vemos otro video.
Saltamos a otra playlist.
Dejamos correr otro anuncio.
Volvemos mañana.
Y pasado mañana...
La economía digital definió algo ya hoy peligrosamente normalizado: La atención también es moneda de cambio.
Por eso una canción puede ser el contenido que nos entretiene, pero también el vehículo que mantiene funcionando una plataforma, vende publicidad, genera datos o nos hace permanecer unos minutos más dentro de ella.
La canción no es gratis.
Está ayudando a vender otra cosa.
Y entonces aparece otro problema...
Hemos normalizado que el artista no solamente haga música. También debe producir constantemente contenido alrededor de ella:
Un videoclip.
Un reel.
Un teaser.
Una historia.
Una entrevista.
Un TikTok.
Otro reel.
Otro teaser.
Y así, entre más, mejor para el algoritmo...
¡Y, por favor, sonría!
Hay que parecer feliz y exitoso porque aparentemente la felicidad alimenta métricas.
Todo esto alrededor de una obra que ya costó tiempo, dinero y trabajo.
¿Y por qué tantos artistas independientes no pueden vivir de su música?
Porque una reproducción no equivale a una venta.
Porque estar disponible en una plataforma no significa tener un modelo de negocio.
Y porque generar valor no significa necesariamente quedarse con él.
Ahí está, para mí, la discusión no resuelta, o dicho de otro modo, el elefante en la habitación...
No solamente: “Spotify paga una miseria mientras se enriquece a costa de nosotros los músicos que le damos nuestra música para que la deje a disposición de la audiencia.”
Sino:
¿Cómo hacemos para que nuestro trabajo musical pueda convertirse en una actividad sostenible?
¿Y qué hacemos con eso?
No tengo una fórmula mágica. Si la tuviera, probablemente estaría escribiendo esto con la vida resuelta económicamente desde una finca o una playa paradisiaca y no frente al viejo pero muy apreciado computador con el que hago todo desde hace años, en la habitación que aún tengo en la casa de mis padres...
Pero sí creo que hay algunas cosas que podemos empezar a hacer o al menos intentar:
- Dejar de pensar que publicar música es el negocio.
- Publicar es simplemente poner una obra en circulación, pero el negocio viene después y no necesariamente significa vivir de los streams, porque eso en la realidad actual no va a pasar, nisiquiera siendo un artista famoso e impulsado por alguna de las multinacionales que controlan el negocio de la música a nivel global.
- El negocio puede estar en los conciertos, la producción musical para otros artistas, la enseñanza, la composición por encargo, la sincronización y las licencias, el merchandising, las ediciones físicas, el crowdfunding, la venta directa mediante plataformas como Bandcamp o Subvert (entre otras), las colaboraciones, o cualquier otra actividad coherente con lo que hacemos y podamos cobrar lo justo por esta.
No todas sirven para todos.
Tal vez no necesitamos otro modelo universal. Aún no lo sé...
Necesitamos entender dónde está nuestro valor, quién puede encontrarlo útil o significativo y qué podemos ofrecerle sin convertir nuestra propuesta artística en un producto falso o irreconocible en relación a lo que somos como personas y artistas, solamente para "conseguir clics y resultar aparentemente virales".
¿Cómo hago para que mi música genere valor más allá de una reproducción?
Acá está el verdadero problema a resolver como artistas creadores...
¡La música nunca fue gratis!
Antes comprábamos discos.
Ahora compramos suscripciones.
Y cuando no pagamos con dinero, pagamos con atención.
Lo que significa que cambió la forma de transacción.
No desapareció ni mucho menos se volvió "gratis".
Porque todos estamos pagando por la música a la que accedemos de alguna manera.
Y entonces resulta pertinente analizar si nos preocupa de alguna manera, quién está generando ese valor, quién lo está capturando y cómo podemos aprender los músicos a participar mejor de esa cadena de valor sin dejar de ser quienes somos...

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