Quince segundos para olvidar una canción

—“Escuché una canción buenísima”, me dijo emocionado un estudiante adolescente de batería al que le estoy dando clases.

—¿Cuál?, le pregunté casi de manera automática.

—No sé —respondió con inocente naturalidad.

—¿Y de quién era? —pregunté de nuevo, buscando ingenuamente algún dato que me permitiera hacerme una idea de la canción que tanto le había gustado.

—Ni idea —contestó de inmediato, con cierto nerviosismo, pero igual de inocente.

—¿Entonces qué escuchaste? —pregunté por última vez, ya resignado a no encontrar ninguna pista sobre sus gustos musicales ni sobre el entusiasmo que le había producido aquello que escuchó.

La respuesta, en lugar de alumbrar, siguió oscureciendo el asunto:

—El pedazo que salía en un Reel.

Hace unos años esto habría parecido una especie de chiste. Hoy es una conversación perfectamente posible y bastante común, sobre todo entre las nuevas generaciones, esas que clasificamos como “nativos digitales”.

Nunca habíamos tenido acceso a tanta música: millones de canciones, listas infinitas y recomendaciones para todos los gustos. Paradójicamente, cada vez escuchamos menos de cada una.

Antes, un álbum era, en esencia, una invitación. Uno se sentaba, le daba play y aceptaba recorrer cuarenta minutos —más o menos— con la expectativa de descubrir qué iba a encontrar. Había canciones que no gustaban al principio y terminaban siendo las favoritas. Había tiempo para cambiar de opinión...

Hoy, la lógica del algoritmo tiene otros planes. No quiere que escuchemos una canción; quiere que no dejemos de deslizar el dedo en busca de la nueva dosis de dopamina. La música ya no siempre acompaña la experiencia: muchas veces apenas decora el siguiente video, cuando el video implica música.

Y no, el problema no es TikTok ni sus similares. Las redes sociales entendieron mejor que nadie cuál es el recurso más escaso de estos tiempos: la atención.

Quizá por eso la pregunta ya no sea si tiene sentido que sigamos esforzándonos como artistas musicales por “hacer álbumes”. La pregunta, sencilla en apariencia pero compleja de responder, es si todavía somos capaces de dedicar cuarenta minutos seguidos —o más— a cualquier obra artística, no solo musical: una película, un libro, incluso una conversación o a nosotros mismos...

Creo que el desafío para quienes hacemos música —o cualquier otra expresión artística— en esta época no es pelear contra los algoritmos, sino aceptar una realidad incómoda: seguimos intentando construir obras para un tipo de atención que cada vez existe menos.

Aun así, algunos seguiremos haciendo álbumes.

No porque sea el formato más rentable ni el más viral. Definitivamente no lo es...

Sino porque todavía sabemos que hay ideas que no caben en quince segundos de ansiedad naturalizada y que ahí afuera aún quedan personas capaces de entenderlo y asumirlo sin ese afán colectivo que hoy nos determina como individuos y como sociedad global.

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