La banda invisible: La dictadura del proyecto personal

Hay un mito bastante romántico que la industria musical nos ha vendido: cuatro o cinco amigos se encierran en un garaje, conectan sus amplificadores y, gracias a una misteriosa conexión espiritual, conquistan el mundo con su música... para luego separarse por plata, abogados o porque alguno decidió morirse antes de tiempo.

Suena bien (salvo por lo de la muerte trágica)...

El problema es que, cuando dejamos atrás la adolescencia y conocemos la vida real, ese ecosistema idílico suele estrellarse contra agendas imposibles, presupuestos inexistentes, egos perfectamente afinados y expectativas económicas que rara vez apuntan hacia el mismo lugar.

Durante años me he preguntado si insistir en trabajar principalmente solo —componer, producir y gestionar mi propia música— es una necedad o un simple capricho.

Hoy, comenzando la segunda mitad de 2026, entiendo que no es terquedad (solamente).

Es supervivencia artística.

Y no lo digo desde el resentimiento hacia lo colectivo. Todo lo contrario. Crear con otros seres humanos alrededor de un lenguaje sonoro compartido sigue siendo una de las experiencias más potentes que conozco.

De hecho, actualmente tengo el privilegio de participar en un Laboratorio de Co-Creación Musical de IDARTES. Volví a comprobar el placer de rebotar ideas, improvisar y construir algo que jamás habría imaginado solo.

Pero ese oasis funciona porque es, precisamente, un oasis.

Todos llegamos sabiendo a qué íbamos, bajo qué reglas jugaríamos y con el respaldo de una institución que sostiene el proceso.

La verdadera prueba comienza cuando esa burbuja desaparece.

Ahí la mística termina encontrándose con el elefante en la habitación: el dinero.

Y es perfectamente comprensible.

Todos tenemos cuentas por pagar.

Tarde o temprano, cualquier proyecto musical termina pareciéndose un poco a una junta de socios.

Esperar a que cuatro personas sincronicen tiempos, prioridades, dinero, motivaciones y visión artística para recién empezar a sacar adelante una agrupación o grabar una canción es, muchas veces, condenarla a no existir...

Por eso terminé abrazando lo que, en broma, llamo "La dictadura del proyecto personal".

No nace de la soberbia.

Nace de una necesidad.

Hay en mí un impulso por crear música como para dejarlo dependiendo de la disponibilidad e intereses de otras personas.

Ese impulso terminó convirtiéndose en DiAvLo.

No para aspirar a llenar estadios.

No para hacer ricos a un par de empresarios del entretenimiento.

Simplemente para no desaparecer del mapa y construir un catálogo que evidencie mi paso por esta vida como músico.

Eso tampoco significa cerrar la puerta a las colaboraciones.

Al contrario.

Ya no busco una banda permanente.

Prefiero rodearme de invitados cuando la obra lo pide.

Cada músico aporta su mirada, deja su huella y sigue su camino, mientras el proyecto continúa avanzando sin depender de que el universo sincronice cuatro vidas al mismo tiempo.

Por eso nunca he pensado en DiAvLo como una banda.

Prefiero imaginarlo como un taller.

A veces entra un guitarrista.

Después un artista visual.

Más adelante nadie.

Y, aun así, el taller permanece abierto.

Porque lo único que no puede detenerse es el impulso de crear.

Vivimos en una época obsesionada con convertir cualquier pasión en una empresa, cualquier talento en una marca personal y cualquier proyecto creativo en una carrera por acumular reproducciones, seguidores y métricas que casi nunca hablan de la obra.

No tengo nada en contra de quienes persiguen esos objetivos.

Simplemente entendí que nunca fueron los míos.

Me basta con seguir construyendo un catálogo de piezas que algún día pueda mirar y reconocer como el rastro honesto de alguien que, con todas sus limitaciones, nunca dejó de crear.

DiAvLo en redes:

Comentarios