Después del ruido: otras formas de vivir la música (sin 100.000 personas alrededor)

Foto de Bence Szemerey
Los megafestivales venden escala y al parecer la escala funciona.

Miles de personas salen de estos eventos con la sensación de haber vivido algo grande. Y lo es:

  • Pantallas gigantes.
  • Sonido potente (cuando todo sale bien).
  • Logística precisa (cuando todo sale bien).
  • Artistas globales.
  • Ambiente de fiesta.

Palabras más palabras menos, la industria operando como un reloj (si nada extraordinario ocurre)...

Cientos de miles de asistentes en pocos días, boletería agotada en horas y patrocinios que convierten el evento en un parque temático de marcas. La “economía del ruido” se activa: turismo, empleo, consumo intensivo. La ciudad funciona distinto.

Y sí: Independientemente de si soy o no asistente a estos eventos, pienso que es mejor que estos sucedan a que no.

El contrapeso...

Foto de Nano Erdozain
Pero esto no es todo, ni nos incluye a todos. La vida musical en las ciudades como Bogotá ocurre los otros 360 días del año a otra escala, con más o menos la misma lógica y con mucha más incertidumbre. 

Mientras los megafestivales concentran la atención mediática, hay una capa menos visible que sostiene el ecosistema de la música en el día a día:

  • Bares/Clubes nocturnos con programación constante.
  • Circuitos independientes.
  • Festivales pequeños y medianos.
  • Eventos privados.

Ahí la experiencia cambia...

  • Menos "espectacularidad".
  • Menos volumen (en todo sentido)
  • Más cercanía.

La base real del ecosistema...

Estos espacios funcionan con los mismos principios que los grandes eventos, pero sin su prestigio ni músculo financiero:

  • Boletería.
  • Consumo interno.
  • Patrocinios (cuando los hay).
  • Autogestión (recursos propios).
  • Recursos públicos en algunos casos y como consecuencia de la autogestión.

Y ahí empieza el verdadero reto: Convocar sin algoritmo por causa de un bajo o nulo presupuesto para publicidad, sin cartel "taquillero" y por ende, sin garantía de asistencia.

Cada evento es una apuesta como si de la lotería se tratara...

Tocar en vivo siendo independiente

Foto de Big Bag Films
Para un artista independiente, tocar en vivo rara vez es negocio. Los costos típicos —transporte, backline, ensayos, logística— suelen superar los ingresos: un pago fijo (cuando no se depende de la boletería, es decir, pocas veces), porcentaje de taquilla o venta de merch (si se logra vender algo). El resultado frecuente: empate técnico o pérdidas "por amor al arte"...

En los megafestivales, el dinero se concentra en organizadores, patrocinadores y artistas de cartel. En los circuitos pequeños, depende de la autogestión y la constancia para beneficiar a sus involucrados. Con planificación estratégica y calidad artística, algunos logran procesos sostenibles, pero no existe una fórmula garantizada.

La ilusión del “producto listo”

Se suele decir: “hagan buena música y el público llegará”. 

No es tan simple.

Lograr sostenibilidad en el circuito independiente exige un buen producto musical: calidad artística, disciplina, preparación y comunicación asertiva. No hay fórmula mágica. El riesgo siempre está presente.

Un proyecto artístico musical sólido exige inversión en:

  • Tiempo.
  • Disciplina.
  • Identidad.
  • Comunicación.
  • Coherencia.
  • Recursos económicos.

Y aun así, no hay garantías...

La música no compite solo por calidad.

Compite por atención y esto cada vez es más difícil de lograr.

Ahora, la pregunta incómoda...

Foto de José Luis Reveles
¿Queremos medir la música por decibeles y consumo o por la calidad de la experiencia?

No se trata de abolir los megafestivales.

Se trata de entender que no son el único o el principal destino para lograr una industria musical funcional y sostenible.

La cultura musical también se construye en:

  • Clubes.
  • Circuitos underground.
  • Festivales pequeños y medianos.

Como audiencia, reconocer el trabajo y los recursos detrás de cada show es clave para que la música —más allá del ruido de lo masivo— sea valorada justamente.

¡Quizás no haga falta menos ruido, quizás sólo haga falta escuchar mejor!

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